Leído por Ernesto Costas, director del Politécnico

Discurso de Dario Perillo

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Ante su ausencia por postoperatorio, su discurso fue leido por el director del establecimiento, Ernesto Costas.

En la semana de Mayo de 1977, entre el 24 y el 27, fueron secuestrados tres alumnos del Politécnico por las fuerzas del Estado terrorista y genocida de la dictadura militar de Videla, Massera y Agosti, instalada el 24/3/76.
Irrumpieron cobarde e ilegalmente en sus hogares amparados por las sombras de la noche, armados, aterrorizaron a las familias, maltrataron a los padres y se llevaron VIVOS a sus hijos Carlos Blanco, Alejandro Estigarria y Carlos San Martín. El 29/5, Guillermo San Martín, mi alumno de 1° año, me transmite los hechos sucedidos en su casa, con la visión de un niño de12 años. La dictadura militar golpeó en el corazón de nuestra escuela, de nuestro IPIB, el lugar en que nos encontramos para ser docentes.
Si mal no recuerdo esa semana un grupo de tareas, caracterizado, maquillado, dirigidos por un supuesto comisario “Martínez”, después de dar vueltas intimidatorias en un Falcon alrededor de la escuela, ingresaron y se dirigieron hacia la dirección. Cuando subían por la escalera, nuestro Pablo Karasiewicz atinó a preguntarles algo. El tal Martínez, hizo un gesto para mostrar lo que llevaba bajo la campera y siguió adelante. Nada los detenía, los protegía el terror y se sentían impunes. Preguntaron sobre un profesor y se llevaron al compañero Lidget para tratar de ubicarlo, ya que eran socios en una pequeña empresa.
Dos hechos se producen ese día que nunca se han borrado de mi memoria.
En el transcurso de la mañana, nos reunimos un grupo de profesores de los más activos, tanto en lo sindical, como en la militancia política, para analizar la situación por la presencia de las fuerzas represivas en la escuela. Hubo dos posiciones: un sector plantea que hay que irse en ese momento y no volver a la escuela. El sector que integraba planteó quedarse, seguir trabajando, no abandonar el IPIB. Si nos iban a llevar que nos sacaran de la escuela.
El segundo hecho fue que la mayoría del personal de la escuela se quedó a esperar, después del fin de la actividad escolar, que trajeran de regreso a Lidget. Un gesto de compañerismo no común en ese momento político.
El Poli tenía 10 años de vida, de lucha, de alegrías y tristezas en los que había acumulado una experiencia en el trabajo pedagógico, cultural y técnico producto de cientos de discusiones grupales, departamentales, en los pasillos o las “cuevas”, y sobre todo en el trabajo en común y cotidiano.
Era una elaboración colectiva, democrática y plural.
Elaboración en la que nadie quedaba afuera. Este Jardín donde está ubicada la pérgola fue producto del trabajo paciente de Don Blas que, como cada uno de nosotros, aportaba al conjunto.
Por esos años cursaban unos 800 alumnos que eran protagonistas reales en la escuela. Compartíamos juntos la vida en la escuela. Ellos no eran nombres en una planilla de calificaciones, y nosotros no éramos profesores de visita médica o taxis. Éramos, cada uno en su rol, parte de un hecho educativo profundamente humano sustentado en el mutuo respeto y en escucharnos. Todos tenemos algo que decir. El problema es si en algún momento encontramos quién lo escuche. De cada uno aprendemos. No fuimos ni somos infalibles porque cometemos errores. Nunca partíamos de los errores sino de los aciertos.
La pretensión compartida con padres y alumnos fue lograr el mejor técnico dentro del mejor hombre.
¿El terror dictatorial podía cambiar eso? Podían arrojarnos a las sombras, que no nos metamos porque nos podía pasar a nosotros.
Nos querían paralizar y, más aún, en las indicaciones llegadas del Ministerio de Educación, había que denunciar a aquellos alumnos y/o profesores que tenían ideas “raras”.
En ese mayo / junio del ’77 nos había llegado el momento de nuestras vidas en el que los caminos se bifurcan en distintos sentidos: 1) uno era el camino del “no te metás”, quedarse callado, dejar pasar.
2) el otro, incierto, peligroso, qué hacer, qué podemos hacer desde una escuela.
Como siempre, elegimos primero un método que nos permitió tener la escuela que más se acercaba a lo que queríamos.
Nos reunimos, hablamos, nos escuchamos y decidimos. Decidimos dar testimonio, decidimos hacer lo que predicamos.
Seis años habíamos convivido con esos niños, adolescentes, jóvenes. Durante 6 años los evaluábamos, los calificábamos, los conocíamos.
¿El terror dictatorial iba a cambiar lo que pensábamos de ellos? San Martín, Estigarria y Blanco habían sido calificados como alumnos sobresalientes por sus esfuerzos, su compañerismo, su preocupación por la escuela y por los demás.
¿Eso había cambiado?
No dar ese testimonio hubiera sido negar nuestra práctica, nuestra historia, nuestros sueños.
Por eso decidimos armar tres comisiones de alumnos, profesores y directivos para visitar a sus padres en sus hogares, para dar testimonio sobre sus hijos.
Por eso fuimos solidarios con ellos y los acompañamos en su lucha.
Quiero recordar queridos amigos, los Blanco, los papás de Carlos. Vivían en una humilde vivienda en la 105 y el arroyo. Pilar, su mamá, ama de casa, también dio testimonio transformándose en Madre de Plaza de Mayo, todos los jueves se la podía encontrar en la ronda de la pirámide. En ese mismo lugar, su esposo Carlos esparció sus cenizas. Con él hemos tenido largas mateadas, hemos compartido sábados acompañado por algunos de mis hijos.
No supe cuándo murió, ni cómo. Los veo en las fotos de marchas, a ella agarrando con fuerza la bandera de las madres y a él detrás, con la pancarta de su hijo.
Los viernes marchaban en Quilmes.
También ellos dieron testimonio, vaya si lo dieron, fueron leones en la lucha contra la dictadura militar.
Claudia, la mamá de Carlos San Martín, está acá y sigue luchando con las Madres de Plaza de Mayo. Creo que también están la tía y la hermana de Alejandro Estigarria.
Nuestros actos de promoción de egresados siempre habían sido de regocijo, pero también de reflexión.
Ese año ‘77 le correspondió cerrar el acto a nuestro querido compañero Oscar Milán. Y Oscar dio testimonio porque una de sus reflexiones más importantes fue reclamar la aparición con vida de Blanco, Estigarria y San Martín.
En mayo del ‘78 nos enterábamos de la detención de Lucía Swica, junto a su ex esposo en una confitería de La Plata. Los habeas corpus presentados por su familia siempre fueron negados. La policía y la “justicia” pretendían hacer creer que no había producido la detención.
Lucía era una compañera más. Ni más ni menos que eso. Y es mucho. Con toda su preparación académica fue capaz de trabajar codo a codo con los profesores de primer año para ayudar a los alumnos de esos cursos a superar algunos problemas.
No era de las que quería demostrar su sapiencia. Fue una más. No encuentro rasgo más destacado y más modesto. Elegir ser uno más en un proyecto colectivo, a ser el número 1 en un proyecto individual.
Ese año ‘78 nos reunimos con Monseñor Jorge Novak con padres de desaparecidos, no sólo del Poli, y a partir de allí organizó una Secretaría a cargo del Padre José Andrés. En mayo del ‘79 en la Iglesia del Padre Luis Farinello se hace la primera misa con todas las Madres de Plaza de Mayo a la que asistió un número muy importante de profesores del Poli.
Seguimos en el camino de dar testimonio y nos sumamos a la lucha contra la dictadura militar.
En abril de ese año la CGT Brasil convocó a un paro nacional.
Se hizo presente la Comisión Internacional de Derechos Humanos de la OEA y miles de personas se agolparon en la Av. de Mayo para presentar sus denuncias por las desapariciones, los secuestros y las torturas. Allí estaban nuestras Madres a pesar de los alcahuetes del poder como el periodista Juan José Muñoz, o Julio Lagos, que convocaban a la gente por radio a concurrir para demostrar a la Comisión Internacional que los argentinos éramos “derechos y humanos”.
En la navidad de ese año en la sede del Obispado de Quilmes se realizó una vigilia.
Durante todo el ‘79 toda la comunidad educativa del Poli se movilizó en defensa del sistema educativo de la escuela. Asambleas masivas de padres y docentes también dieron testimonio.
La dictadura pretendió instalarse en la Argentina por muchos años. Para ello preparó minuciosamente el genocidio a través de la figura del detenido desaparecido.
Había que ahogar en sangre el auge de luchas sociales y populares que recorrieron la Argentina desde 1969 hasta marzo de 1976. Había que eliminar las generaciones de jóvenes revolucionarios de los ‘60 y los ‘70, que luchábamos por la liberación nacional y social de nuestra patria.
Hoy les podemos decir a todos, pero principalmente a Uds., Carlos San Martín, Carlos Blanco, Alejandro Estigarria, Lucía Swica que no lo lograron.
Ustedes están presentes en cada lucha que hemos librado y estarán presentes en todas las luchas que seguiremos dando.
Ustedes nos empujan a ello, nos conducen hacia un nuevo amanecer, hacia la luz.
Caminando hacia la luz nuestras sombras vienen detrás.
Las llevamos para no olvidar y para que haya juicio y castigo para los asesinos del proceso.
Vamos por aquello por lo que uds. y nosotros hemos luchado: la liberación social y nacional de nuestra patria.
Carlos Blanco
Carlos San Martín
Alejandro Estigarria
Lucia Swica
Los rayos del sol, la luz del mañana nos mostrarán sus rostros.
Queridos compañeros
Hasta la victoria siempre

Edicion: 
noticias 2007